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domingo, 15 de mayo de 2016

EL DIACONADO EN LA IGLESIA: UN SERVICIO A LA COMUNIDAD CADA VEZ MÁS NECESARIO


              La figura del diaconado ya estaba conformada en la primitiva Iglesia, si bien su recuperación tras el Concilio Vaticano II ha tenido un desarrollo desigual, en según que diócesis, según los distintos pareceres de los obispos, especialmente en lo referente al “diaconado permanente”, que permite el acceso de hombres casados para la celebración de determinado tipo de actos litúrgicos y religiosos. Pero que cada vez se hace más necesario ante el descenso de las vocaciones sacerdotales y la consiguiente disminución presbiterial, para de esa forma, poder ayudar mejor al Pueblo de Dios congregado en la Iglesia.
        Un diácono (del griego διακονος, diakonos, y luego del latín diaconus, «servidor») es considerado un servidor, un clérigo o un ministro eclesiástico, cuyas calificaciones y funciones muestran variaciones según las distintas ramas del cristianismo. En las Iglesias católica, copta y ortodoxa se refiere así a aquel que ha recibido el grado inferior del sacramento del Orden Sagrado por la imposición de las manos del obispo, y por lo tanto se le considera la imagen sacramental de Cristo servidor, en virtud de la Sagrada Escritura que especifica: «Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Evangelio de Marcos 10, 45).
                En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de las manos «no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio». Así, confortados con la gracia sacramental, en comunión con el obispo y su presbítero, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura. (Lumen gentium 29, Concilio Vaticano II).
Dentro de la Iglesia católica existen, pues, dos clases de diáconos:
a)      Diácono transitorio
Se califica como transitorios a aquellos diáconos a los cuales se les confiere este ministerio por un período limitado de tiempo, que usualmente se inicia luego de culminar sus estudios y se extiende hasta que el ordinario del lugar considera al candidato suficientemente maduro para ser ordenado presbítero por el obispo. En general, durante este tiempo los candidatos ejercen como diáconos en parroquias. Por lo tanto, es condición para ser presbítero haber sido ordenado con anterioridad en calidad de diácono transitorio (es decir, en tránsitohacia el presbiterado).
b)      Diácono permanente
En el Concilio Vaticano II, se restableció nuevamente el diaconado permanente. Este tipo de diaconado puede ser conferido a hombres casados. El diácono permanente debe ser considerado hombre «probo» por la comunidad, caritativo, respetuoso, misericordioso y servicial. Es determinación del obispo exigir que sea casado, y en este caso, la esposa deberá autorizar por medio escrito al obispo la aceptación para la ordenación del esposo (requisito indispensable). Un diácono casado que pierde a su esposa no puede volver a contraer matrimonio, pero sí puede optar a ser presbítero. Quien es ordenado diácono siendo soltero se compromete al celibato permanente.
Solo el varón («vir») bautizado recibe válidamente esta sagrada ordenación. El sacramento del Orden confiere un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado. Se le puede liberar de obligaciones y de las funciones vinculadas a la ordenación y hasta se le puede impedir ejercerlas, pero no vuelve a ser laico nuevamente puesto que, desde la ordenación, se considera que el diácono queda marcado espiritualmente de forma permanente (de allí el término marca o carácter).
Las funciones del diácono en la Iglesia católica son:
·         Proclamar el Evangelio, predicar y asistir en el Altar;
·         Administrar el sacramento del bautismo;
·         Presidir la celebración del sacramento del matrimonio;
·         Conferir los sacramentales (tales como la bendición, el agua bendita, etc.);
·         Llevar el Viático (sacramento de la eucaristía así llamado cuando se administra particularmente a los enfermos que están en peligro de muerte) pero no puede administrar el sacramento de la unción de los enfermos, ni el sacramento de la reconciliación.
Además, y siempre de acuerdo con lo que determine la jerarquía, puede:
·         Dirigir la administración de alguna parroquia;
·         Ser designado a cargo de una Diaconía;
·         Presidir la celebración dominical, aunque no consagrar la Eucaristía (lo cual corresponde a presbíteros y obispos).
Puede además efectuar otros servicios, según las necesidades específicas de la Diócesis, particularmente todo aquello relacionado con la realización de obras de misericordia, y la animación de las comunidades en que se desempeñan.
                Así las cosas, en un contexto histórico-cultural de igualdad del hombre y de la mujer, se le plantea a la Iglesia –no sólo el desarrollo del diaconado permanente, que resulta a todas luces oportuno y necesario-, sino también la incorporación al mismo de la mujer, lo que supondría un primer paso hacia la igualdad de ambos géneros en el ámbito eclesial. Lo cual, ha llevado al Papa Francisco al ser cuestionado sobre dicha posibilidad, a afirmar que se estudiaría, lo que aún queda lejos de que se vaya a hacer realidad a corto plazo, pues la Iglesia tiene sus tiempos.


sábado, 26 de marzo de 2016

REPENSANDO LA PENITENCIA

     
         
       
          La celebración de la Semana Santa, con la proliferación de procesiones por las calles españolas, algunas de las cuales reflejan imágenes de multitud de penitentes que acompañan las imágenes religiosas de la Pasión y Muerte de Jesús nos debe de llevar a reflexionar sobre la penitencia y su sentido en el marco del Evangelio de Jesús.
         En ese marco evangélico nos encontramos con la figura humana de Jesús que predicó las bienaventuranzas (a modo de resumen de las actitudes evangélicas de conversión y fe), perdonó los pecados, admitió a su lado a publicanos y pecadores, incluso comía con ellos, humanizó las leyes religiosas de un judaísmo normativo asfixiante en su ritualismo y normatividad que deshumanizado no contemplaba el factor humano, que Jesús lo respetó y justificó. Pasó haciendo el bien, proclamando el amor de Dios a los hombres, para propiciar el amor fraterno –consecuente con el amor y el perdón de Dios a los hombres- mostrándonos el rostro misericordioso de Dios (frente al que se había presentado de “justo juez implacable con el pecador”), y sobre todo trató de aliviar el dolor a aquellas personas que lo padecían (enfermedad, hambre, injusticia, etc.), hablándonos constantemente de su proyecto de implantación del “Reino de Dios” (reino de amor, de justicia, paz y fraternidad, en el que no cabía la injusticia y ningún género de violencia).
         En ese marco de predicación evangélica se nos presenta la Misericordia de Dios, su perdón y su inmenso amor a los hombres. Amor de Padre que se compadece del extravío de sus hijos y que quiere lo mejor para ellos.
         Consecuentemente, en ese marco evangélico parece que tiene mal encaje la idea de un Dios justiciero y sanguinario, que exige justicia, que resulta implacable con el pecador, al que le correspondería la práctica de duras penitencias –que jamás saldarían su culpa moral, de la que se habría derivado el sacrificio vicarial del Hijo de Dios, para obtener del Padre una especie de satisfacción del que se derivara el perdón general, según el planteamiento paulino, que tiene sus antecedentes bíblicos en la prueba sacrificial de Abraham sobre su hijo Isaac, salvado in extremis por la propia voluntad divina-,  y que han marcado la predicación y praxis eclesial desde Trento hasta su reformulación en el Concilio Vaticano II, si bien no acaba de llegar a todos los sectores eclesiales, por lo que sería oportuno ese ejercicio de “repensar la penitencia” en el ámbito de la nueva teología cristiana, que apunta más a una autenticidad de conversión en una praxis de vida coherente con la fe (con el mandato del “amor fraterno”, con la práctica de la misericordia previamente experimentada para su ulterior vivencia con los demás) de forma que hagamos la experiencia de fe auténticamente comunitaria en el seno de nuestras respectivas comunidades parroquiales y en nuestro entorno familiar, laboral y social en general, desde el respeto al otro en sus peculiaridades, así como desde la ayuda al prójimo necesitado, donde nada de lo humano nos resulte ajeno y contribuyamos con nuestro trabajo y labor cotidiana a la implantación del Reino de Dios entre los hombres, del que tanto nos habló Jesucristo y que sin embargo acabamos dejándolo de lado, priorizando un ritualismo rutinario, una praxis de fe individualista (e incluso egoísta, de negociar con Dios nuestros deseos y necesidades) y un dogmatismo canónico impropio de la misma enseñanza de Jesús, que vino a enturbiar la imagen de un Dios Padre Misericordioso, que la Iglesia está tratando de recuperar y enfatizar para iluminar mejor el misterio de nuestra fe cristiana.

         Por lo cual, acaso sería oportuno reflexionar para reformar –en lo necesario- ciertas prácticas piadosas, que no son del todo conformes con el propio relato evangélico y la misma predicación de Jesús a quien decimos seguir en su Iglesia.

domingo, 8 de noviembre de 2015

ENCUENTRO ECUMÉNICO NACIONAL EN CARTAGENA


           La Asociación de Centros Ecuménicos de las Misioneras de la Unidad (ACMU) ha organizado un Encuentro Ecuménico Nacional en Cartagena, al que han asistido un centenar de personas de diversas confesiones cristianas de toda España.

             El evento, llevado a cabo este fin de semana, ha contado con la participación de importantes especialistas en ecumenismo, teólogos católicos, protestantes y ortodoxos, han tenido la ocasión de encontrarse para debatir de las cuestiones que les unen, junto con un nutrido grupo de personas implicadas en el movimiento ecuménico de acercamiento de los cristianos, dentro de los que caben destacar las organizadoras de este Encuentro, las Misioneras de la Unidad que teniendo como carisma congregacional el de la búsqueda de la unión de los cristianos, vienen trabajando en esta área durante décadas, siendo especialmente relevantes las conocidas “Jornadas del Espinar” sobre Ecumenismo y Diálogo Interreligioso que organizan anualmente las Misioneras de la Unidad, junto con la publicación periódica “Pastoral Ecuménica”.
            La inauguración del evento estuvo a cargo de las organizadoras, con una oración ecuménica presidida por el vicario episcopal católico en Cartagena junto con el pastor evangélico en la ciudad, que fue seguida por la participación del nutrido grupo asistente, en la Universidad Politécnica de Cartagena.
            Las Jornadas han contado con las ponencias:

-          “El Ecumenismo creador de fraternidad”,  del profesor de ecumenismo de Granada Dr. D. José Hernández, religioso claretiano, que abordó el especial sentido de “fraternidad”, reconocido en la apertura ecuménica del Concilio Vaticano II en la Iglesia Católica, al punto de mencionar la referencia al nº 42 del decreto Ut unum Sint, que habla de “hermanos unidos” (cambiando la idea de “hermanos separados”). Señalando el cambio histórico sustancial de “herejes” a “hermanos”, considerando el sentido fraternal como auténtico don de Dios, como ya descubriría en su día S. Francisco, que se ha de cultivar, ante el que no cabe conformismo o pasividad, pues se hace precisa la acogida de los otros, amarlos, dar y pedir perdón por las ofensas habidas. La fraternidad no sería así, una confluencia de intereses humanos (ya que la comunidad cristiana es comunión en Cristo, que le da el peculiar sentido fraternal), de forma que se da en ella la unidad, que no es uniformidad, pues los dones de Dios son variados. De manera, que el Espíritu traspasa las barreras confesionales, al punto que el Papa Francisco ha ampliado la idea de fraternidad universal a la naturaleza y todas las criaturas (“Laudatio si”, nº 89).

-          “Urgencia del Ecumenismo en la Pastoral”, del jesuita y teólogo ecuménico mallorquín, Héctor Vall, quien comenzó señalando la raíz del ecumenismo en el amor de Dios a todas sus criaturas (seres humanos, animales y plantas, todas obras de la creación divina). Indicando que así, el ecumenismo era un modo de vivir la vida cristiana, con el que el Concilio Vaticano II dio fin a la “época constantiniana” de separación del trono y el altar, dando lugar al fin de la Contrarreforma (en la valoración de las distintas confesiones y la estimación de la libertad religiosa), generándose una nueva época para el mundo (Gaudium et spes, nº 4). Un nuevo modo de vivir la realidad de la Iglesia, valorando los “signos de los tiempos”, acentuando el aspecto humanizador de la fe cristiana (pues Jesús es el ideal de la humanidad). Hay una unidad entre ecumenismo y pastoral, ya que la desunión es contraria a la voluntad de Dios, daña la fe y es contraria a la evangelización. Señalando las dimensiones del ecumenismo: a) Ecumenismo espiritual (conversión interior, petición de perdón, conocimiento mutuo de los hermanos, exponer la fe de forma comprensible, la jerarquía de verdades –del Credo-, y la cooperación de los hermanos); b) Ecumenismo dogmático (inteligibilidad de lo esencial, jerarquía de verdades, que el catolicismo no agota al cristianismo –reconociendo el valor y la legitimidad de las distintas confesiones-, estimando la hermandad de las iglesias, concibiendo la iglesia como un misterio, según la nueva eclesiología y nuevas relaciones entre las distintas confesiones); c) Ecumenismo práctico (inculturación litúrgica, inteligibilidad, pastoral de humanización de la fe sobre la misericordia divina y la idea de la solidaridad (considerando que la salvación divina conlleva un proceso progresivo de humanización desde la dignidad de la vida a la salvación del alma). De donde concluyó que sin ecumenismo, la pastoral será pobre, por lo que habría que impregnar la pastoral de ecumenismo.

            También se celebraron mesas redondas sobre:


            -“Ecumenismo y diálogo interreligioso, generadores de paz”, con la participación de Nicolaus Matti (arzobispo de la Iglesia ortodoxa siria), y al trinitario profesor de la Universidad Pontificia de Madrid, Dr. D. Juan Pablo García Maestro. En la que, entre otras cosas, se planteó la crítica de la “Tesis del choque de civilizaciones” del politólogo Samuel Huntington, (sobre la que subyace la concepción ideológica del Imperio, no asumible por las religiones, haciendo suya la propuesta de Juan Goytisolo de apoyar el diálogo interreligioso y la apuesta por una “alianza de valores”, que aúne incluso el diálogo con los no creyentes (ateos y agnósticos). Así se citó al teólogo suizo Hans Küng quien afirmó que “no habrá paz entre las naciones, sin paz entre las religiones, y no habrá paz entre las religiones, sin diálogo entre ellas”. Recordándose de forma excepcional el conocido “Espíritu de Asís” que congregó en la ciudad del santo franciscano a los representantes de los diversos credos religiosos del mundo convocados por el Papa Juan Pablo II (27-X-1986) y por el Papa Benedicto XVI (27-X-2011).

            - “Antecedentes Ecuménicos en Cartagena-Aguilas”, con participación del profesor de teología del Instituto Teológico de Murcia, Dr. D. Francisco Henares, y los pastores evangélicos, Dr. D. Abrahán García y Dr. D. David Manzanas, que disertaron sobre esos gérmenes ecuménicos con relevancia especial de los pastores evangélicos Felipe Orejón en Cartagena y Franklin Albricias en Alicante.


            Finalmente, concluyó la jornada con una oración conjunta de todos los participantes en la Iglesia Evangélica de Cartagena.

viernes, 19 de junio de 2015

“LAUDATIO SI, MI SIGNORE”: UNA ENCÍCLICA CON RESONANCIAS FRANCISCANAS


              El Papa Francisco ha publicado esta encíclica de profundas resonancias franciscanas, en la que con la habitual valentía y claridad el Pontífice acomete uno de los problemas básicos de la convivencia mundial en la actualidad: el problema ecológico derivado de la injusta sobreexplotación de los recursos naturales del mundo.
            Así Francisco señala una de las graves causas del desequilibrio económico y social del mundo, que debido a la excesiva explotación de los recursos materiales se ha llegado a deteriorar el medioambiente del planeta, dando lugar a importantes cambios climáticos y a una destrucción sin precedentes de ecosistemas con grave perjuicio para el desarrollo de la vida en el mundo. Algo, que Francisco califica de abandono del mundo, habiendo llegado a convertir algunas partes de la tierra en auténticos “depósitos de porquería”.
            Pero además de referirse a datos directamente observables de la realidad mundial que están deteriorando nuestro ecosistema, el Papa llega al análisis de sus causas y de sus consecuencias, en una auténtica denuncia mundial de la codicia económica de sectores económicos privilegiados, que se encuentran entre las causas de esta preocupante situación, ante lo que el Papa advierte que el derecho a la propiedad privada nunca ha sido reconocido como absoluto e intocable por la tradición cristiana, distanciándose así del “dogma capitalista” de la defensa a ultranza de la propiedad privada.
            Además, Francisco alerta sobre la necesidad de corregir los modelos de crecimiento –que no siempre resultan compatibles con el medioambiente-, indicando en tal sentido, que el enorme consumo de los países ricos tiene repercusiones en los lugares más pobres, sobre todo en África, donde el aumento de la temperatura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los cultivos. Consecuentemente, enfatiza en que se evite una “concepción mágica del mercado” (gran dogma del capitalismo moderno) que tiende a pensar que los problemas se resuelven sólo con el crecimiento de los beneficios de las empresas o de los individuos.
            Tras señalar las causas, el Papa apunta sobre indeseables y potenciales consecuencias de esta problemática, en la medida en que el agotamiento de algunos recursos se vaya generalizando, será previsible pensar en un escenario favorable para nuevas guerras, incluso disfrazadas de nobles reivindicaciones.
            Apuesta el Pontífice por un amplio desarrollo de las energías renovables, del que dice que ya debería estar en marcha, dado que entiende que es legítimo optar por lo menos malo o acudir a soluciones transitorias, dado que la tecnología basada en combustibles fósiles muy contaminantes (carbón, petróleo y gas) necesita ser reemplazada de forma progresiva sin demora.
            El Papa llama la atención sobre la “debilidad de la política internacional”, el sometimiento de la política a la tecnología y a las finanzas que llevan al fracaso a las cumbres mundiales sobre el medio ambiente, dado que existen intereses económicos particulares que llegan a prevalecer sobre el bien común, que incluso manipulan la información para que no se afecten sus proyectos.
            Incluso llama la atención sobre el hecho que no se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental.
            Pero sobre todo es en la defensa de la vida y en el rechazo al aborto como antagónico con la vida, donde el Papa pone el “dedo en la llaga” sobre la incoherencia de quienes mantienen la defensa y acogida de los seres débiles que nos rodean (a veces con sus molestias e inoportunidad), si no se protege al embrión humano (que no causa ni molestias ni dificultades), por lo que apela a retomar esa coherencia educativa.

            En definitiva un documento magisterial con resonancias en la espiritualidad ecológica del santo de Asís, que también recuerda en alguno de sus postulados la Pacem in Terris de Juan XXIII, que con audacia y valentía hace una denuncia profética al estilo de la nueva teología, por lo que algunos le sitúan en la línea de la “teología de la ecología” como Leonardo Boff le denominó.

miércoles, 18 de marzo de 2015

¿EL PAPA FRANCISCO: “RENOVACIÓN ECLESIAL” O “TORMENTA DE VERANO”?


En el segundo aniversario del acceso al pontificado del cardenal Bergoglio, como Papa Francisco, es común ver análisis diversos en los que se subraya el peculiar estilo del nuevo Papa y su empeño fundamental en renovar la Iglesia, pero pocos llegan a atisbar o apostar por el alcance de sus pretendidas reformas eclesiales.
Esto último nos parece particularmente interesante, por cuanto la reforma eclesial es algo más que una necesidad, lo demanda la cristiandad y en cierta medida la continuidad de esta misma, ante el grave proceso de secularización habido en su seno, en el que también se ha dado una reacción conservadora de porte fundamentalista, volviendo a plantear la necesidad de una “Iglesia de trinchera”, a la defensiva del enemigo exterior e interior, so pretexto de heterodoxia y aún herejía.
Resulta muy lamentable contemplar algunas manifestaciones de personas de Iglesia, especialmente algunos clérigos y hasta algún prelado, que desde tesis fundamentalistas apelando a la ortodoxia y a la obediencia empiezan por manifestarse desobedientes, discrepando y criticando al propio Papa Francisco. Aunque tal actitud, sea contradictoria con algunos de sus propios planteamientos, suele ser “condición humana”.
Pero siguiendo con nuestro análisis, habría que empezar por preguntarse: ¿qué Iglesia heredó el Papa Francisco?.  A esta pregunta habría que contestar que recogió una Iglesia conservadora (recompuesta sobre su intento de apertura y renovación del Vaticano II, por Juan Pablo II –que venía de la Iglesia polaca, conservadora, atrincherada ante las amenazas externas de los totalitarismos nazi y comunista-, que no desarrolló plenamente los postulados conciliares, dejando pendiente la reforma eclesial, propiciando un neoconservadurismo eclesial), lo que determinó que la mayoría de la jerarquía eclesial sea conservadora, con la que el Papa Francisco viene a ser un “verso suelto”.
Además heredó una estructura medieval de gobierno eclesial, jerárquica, autoritaria, distanciada de la realidad histórico-temporal, con corruptelas internas y escándalos varios, en lo que suponían conductas morales nada evangélicas ni siquiera existencialmente edificantes, ante las que el Papa Ratzinger se mostró débil y traicionado por su círculo íntimo, que le llevó a tomar la honorable decisión de dimitir, ante la impotencia personal de poder cambiar tal estado de cosas.
De todo ello, emergió Bergoglio (primer Papa jesuita) que venía de una realidad eclesial en las antípodas de la curial, que pronto llegó a la idea de un drástico cambio en la curia romana, que además impuso un estilo personal de austeridad, sencillez, cercanía y claridad, como apenas utilizaron ninguno de sus antecesores, que conectó pronto y bien con el Pueblo cristiano y no cristiano, que asistía admirado de la valentía y entereza de un Papa que empezaba a llamar a todos a la Verdad evangélica de forma clara y directa, al punto que los sectores más ortodoxos se empezaron a preocupar por tanta locuacidad papal, que venía a poner “patas arriba” el statu quo eclesial de siglos, y que denunciaba con rotundidad actitudes hipócritas y pecados eclesiales sin ambages ni disimulo, en los que ha apelado al clero para que sean “pastores” que huelan a oveja (que se acerquen a su pueblo, que lo pastoreen y cuiden), a los obispos para que trabajen más en sus diócesis (que no sean obispos de aeropuerto, siempre de viaje), apelado a la paternidad responsable (rechazando la imagen de “mujer coneja” mera paridora de hijos), y a la universalidad del carisma cristiano ejercido con autenticidad (distinto de ser “numerario” de una secta), etc., etc.
Naturalmente todas esas afirmaciones no han pasado desapercibidas, ni de balde, pues mientras para el pueblo cristiano ha supuesto una auténtica “primavera eclesial” el pontificado de Francisco, para sectores ortodoxos (entre los que cabría contar a gran parte de la jerarquía eclesial, nombrada por sus predecesores), tales afirmaciones sería un despropósito inaceptable en un Papa, cuando no un desvarío de un “jesuita filocomunista”, que en el mejor de los casos hay que esperar que su pontificado sea corto, y todo esto pase rápido, para que esos sectores vuelvan a retomar el control pleno de la Iglesia.
Ni que decir tiene, que las grandes y graves resistencias a las reformas eclesiales del Papa Francisco vienen de esos sectores conservadores, que prefieren una “Iglesia- trinchera” (a la defensiva, supuestamente perseguida, enfrentada al mundo, guardiana de una ortodoxia doctrinaria, más que de una fe evangélica libre).
En ese contexto, el pontificado de Francisco puede ser un corto paréntesis, en la involución eclesial dada desde final de los años setenta del pasado siglo, si Francisco no logra acelerar sus reformas, y si estas no logran cambiar las raíces de una Iglesia medieval autoritaria, clerical, jerárquica, doctrinaria y por naturaleza conservadora, y trasladarla al S. XXI desarrollando los postulados del Concilio Vaticano II, más abierta al mundo, más evangélica, coherente, sencilla, profética que invite a una auténtica conversión vital (un cambio de vida existencial) desde la experiencia madura de la fe en libertad, en el Pueblo de Dios (sin manipulaciones clericales).

Por ello, cabría preguntarse si el pontificado de Francisco supondrá una “revolución eclesial” (que está aún por llegar), o acabará siendo una “tormenta de verano” (como parece vislumbrarlo el sector más ortodoxo de la Iglesia, que espera que pase pronto).

miércoles, 17 de diciembre de 2014

DE LA OPCIÓN ECLESIAL POR LOS POBRES

                        El P. Joaquín Sánchez acompañando a una desahuciada

La opción eclesial por los pobres está en la esencia del Evangelio de Jesús, de estar del lado de los pobres, de los que sufren, de los oprimidos, a los que el mundo no les hace justicia, para acompañarlos, asistirlos, ayudarlos, reducirles el sufrimiento, y practicar la auténtica caridad, que va más allá de “la limosna de la beatas”, de la mera retórica que llega a justificar hasta cátedras.
La opción eclesial por los pobres supone ver en el pobre, en el humillado, en el fracasado, en el que sufre al “otro Cristo”, al hermano sufriente, ante el que no cabe ponerse de perfil, mirar para otro lado, o recogerse en un espiritualismo inhumano y egoísta alejado de Cristo por más que desde el quietismo espiritual se le invoque.
La opción eclesial por los pobres supone también repensar la Iglesia estructural, jerárquica, autoritaria, de privilegios, clericalia antigua e hipócrita que dice amar a Dios –al que no ve- con los labios, pero le niega con el corazón.
Una Iglesia que ha de reconsiderar su camino en este mundo, como está siendo señalado por la autenticidad de no pocos de sus miembros, encabezados por el Papa Francisco, que ya dijo que en esta situación de grave crisis económica, de gente desahuciada de sus hogares, de inmigrantes sin techo, de crecientes desigualdades, tendría que abrir las puertas de conventos y lugares eclesiales para acoger toda esa pobreza desamparada. Algo que, desgraciadamente no ha sido acogido con carácter general en el seno eclesial, salvo honrosísimas excepciones como el acondicionamiento de un seminario vacío en Cataluña, o parecidas disposiciones generadas en Ávila, entre otras significativas medidas de auténtica caridad cristiana, de una Iglesia que es auténtica en medio de la inautenticidad.
Una Iglesia que ha de hacer denuncia profética de cuantas injusticias percibe en un mundo egoísta, inhumano, enloquecido por el consumo y la codicia, para buscar la justicia social entre todos los hombres, creados como hermanos por Dios, para lo que ha de ser valiente, pero también ha de ser auténtica abandonando posesiones, privilegios y signos de poder. Pues Jesús nació pobre, vivió y murió pobre.
Esa Iglesia que ha de clamar por unas leyes más justas, contra el desahucio bancario de casas de familias malogradas económicamente por el paro, de las que el Estado se desentiende, frente al poder de la banca a la que no reconduce en sus legítimos derechos de acreedora para obligarles a pactar alquileres sociales, o dotarse de mecanismos para que el Estado o las demás Administraciones Públicas se hagan cargo de esas familias facilitándole un hogar social, que haga efectivo el derecho constitucional a la vivienda.
La misma Iglesia que ha de acompañar y acoger a esos nuevos pobres y que ha de denunciar públicamente unas condiciones económicas globales injustas, facilitadoras de la especulación, la esclavitud humana y el fraude.

Al tiempo que debería de dar a conocer en toda su extensión las consecuencias morales del Evangelio de Jesús, en su ámbito individual y social, para que realmente se conozca con autenticidad el cristianismo, y lo que supone seguir a Jesús. Volviendo así a la frescura actual de un cristianismo primitivo netamente evangélico, cuyo resumen concretó Jesús en las Bienaventuranzas.

sábado, 1 de noviembre de 2014

TENSIONES ECLESIALES EN EL ÚLTIMO SÍNODO DE LA FAMILIA


En el Sínodo sobre la Familia convocado por el Papa Francisco, para escuchar a la Iglesia sobre la actual situación de la familia en el mundo, y la posible adaptación eclesial a alguna de las nuevas realidades familiares, se ha producido un profundo y polémico debate, que pone de manifiesto importantes diferencias en el propio seno de la Iglesia en cuanto a determinadas concepciones del depósito de fe y su aplicación a nuevas realidades humanas.
Algo que el Papa Francisco ya sabía desde su convocatoria, y que probablemente por ser consciente de esas diferencias de percepción y criterio, convocó el referido Sínodo en la necesidad de reflexionar en el interior de la Iglesia sobre las nuevas realidades familiares, que han de motivar un análisis y debate para su acometida y acercamiento pastoral.
Sabido es que resultan cuestiones complejas, desde el punto de vista humano –con el consiguiente sufrimiento, que conlleva cualquier ruptura matrimonial, ruptura del amor y fracaso del proyecto matrimonial y familiar concreto, con rostros de personas sufrientes, muchos de ellos hermanos en la fe-, pero no menos complejas desde el punto de vista doctrinal, si se quiere apostar por una línea de infalible ortodoxia, que lleva quizá a deshumanizarse, y por paradoja, a descristianizarse. Acaso por aquello que la perfección no es humana, aunque hayamos sido llamados a la perfección en Cristo, por su gracia y puro don de su liberalidad, pues sin El, nada somos, como dijo el apóstol Pablo.
Pero no es menos cierto, que junto con el nuevo mandamiento del Amor, Jesucristo infundió una ética de misericordia a todo el comportamiento cristiano, se reunió con pecadores, no rehusó el conflicto con la legalidad, apelando al Espíritu, frente a la letra de la ley, sin por ello necesariamente derogar la ley, sino como bien dijo, a darle pleno cumplimiento, en el marco del Amor a Dios y a los hombres, en un marco de misericordia y de perdón.
Resulta pues, considerar el tema en ese contexto (de misericordia, de perdón, de acompañamiento, de no rechazo, de no juzgar, de aliviar sufrimientos al hermano que los padece, de evitar que se pierda). Por consiguiente, en ese contexto entendemos al Papa Francisco, que ante todo se siente Pastor de sus ovejas (las que Dios le ha entregado) para que no se pierda ninguna, y así ha decidido de forma valiente abordar un tema vidrioso y difícil como es la consideración de las nuevas realidades familiares, y en particular de los divorciados vueltos a casar, cuya situación de irregularidad nadie ignora, pero frente a la posición legalista de reprobación, e incluso rechazo farisaico, el Papa Francisco y la mayoría de los padres sinodales asumiendo tal situación, hacen primar la consideración de la misericordia y del amor, invitando a no juzgar al prójimo sino a cuidarlo, quererlo y acompañarlo, sea quien sea, y esté como esté, a facilitarle que pueda acercarse a la “Casa del Padre” a “curar sus heridas” de las dificultades de la vida, y a implorar el perdón de Dios.
En esta situación, ¿quién legítimamente está en condiciones de negarle su participación en la “Mesa del Padre”?, ¿sobre qué pretexto de pureza moral y espiritual se le niega la convocación a la “Mesa paterna”, cuando el mismo Jesús nos dijo que lo impuro no es lo que nos hace daño (lo que viene de fuera), sino lo que tenemos en el corazón cada persona?, ¿quién se atreverá a lanzar la primera piedra, asumiendo estar libre de pecado, juzgando y condenando en el nombre de un Dios que es Amor y Misericordia?.
Por tanto, este valiente y decidido gesto del Papa Francisco en hacer reflexionar a la Iglesia sobre estas difíciles cuestiones, que se mueven en sutiles líneas de pensamiento y obra, no es sino uno de los primeros pasos para volver a la Iglesia ante Cristo, para conocerle mejor, y seguirle mejor. Esta Iglesia del S.XXI tiene que volver sobre Cristo y dejar el legalismo farisaico, y el doctrinarismo de la falsa seguridad que posterga la humanidad sufriente de Cristo.

Naturalmente, toda reflexión sobre cuestiones complejas que afectan a replanteamientos de vida y doctrina, suelen ser no menos complejos, e incluso a no pocos les genera el vértigo de la duda ante un cambio de rumbo o tratamiento de determinadas cuestiones que se reconsideran de forma distinta, pero esa angustia de la incertidumbre, de la inseguridad, el cristiano ha de llevarla a la oración, primando la misericordia y mostrándose criatura ante el Amor de los Amores, que nos sostiene y nos muestra su camino. Por lo que no debe de escandalizarnos, ni preocuparnos que haya algunos padres sinodales inquietos y conmovidos con novedosos abordajes que no acaban de compartir o ver. El Señor se los irá haciendo ver, e incluso nos mostrará a todos el camino con el discurrir del tiempo, hasta su manifestación definitiva, según nuestra fe y nuestra esperanza.

jueves, 29 de mayo de 2014

EPÍLOGO A UN VIAJE HISTÓRICO DE FRANCISCO A TIERRA SANTA


El Papa Francisco ha concluido un importantísimo y delicadísimo viaje a Tierra Santa, avanzando en el camino de sus próximos predecesores en la cátedra de Pedro, tratando de buscar el encuentro fraterno entre el cristianismo, el judaísmo y el Islam (religiones del libro, monoteístas, con raíces compartidas), que vienen de una confrontación secular y a veces hasta violenta, en pura contradicción con los buenos deseos que afirman.
Esta posición de la Iglesia empezó a cambiar tras el Concilio Vaticano II, en que se empezó a orientar la teología hacia un ecumenismo y hacia el diálogo interreligioso. Pues realmente era contradictoria tanta división entre los creyentes monoteístas, y entre los mismos cristianos, que había dado lugar históricamente a odios, persecuciones y todo tipo de violencia, incluidas guerras, que resultaba patente el error histórico, además de un escándalo para el mundo.
Un acercamiento, que se hace extremadamente necesario y urgente en Tierra Santa, donde las posiciones de confrontación son más palpables, especialmente por el crónico problema judío-palestino, al que históricamente habría que añadir las acciones bélicas de unas cruzadas que ganó el Islam y que también llevó a un distanciamiento entre la civilización islámica respecto de la cristiana, que se unió al tradicional desencuentro cristiano-judío. Y siendo Tierra Santa, denominada el “quinto Evangelio” por ser el lugar en que las “piedras hablan” de la presencia de Cristo, donde además la convivencia judía-cristiana-islámica es escasa, dándose una simple cohabitación inestable con alta potencialidad de violencia que de vez en cuando se desencadena; la visita del Papa era muy necesaria, para denunciar esta situación, como lo ha hecho, reprobar la violencia, e invitar al encuentro fraterno entre todos (en la consideración de ser “hijos de Dios”, del mismo Dios experimentado y concebido de diversa manera, según la diversa sensibilidad, e historia de cada comunidad creyente –judía, cristiana, e islámica-).
Esas visitas del Papa a la mezquita de Al Acqsa, al muro de las lamentaciones, la imagen del abrazo fraterno (entre el Papa, el rabino judío y el representante musulmán), es todo un ejemplo a imitar de convivencia por el encuentro respetuoso de todos ante todos. Aunque no faltarán los extremistas, que en su ceguera de “ideologismo religioso” (pues cuando la fe pierde la caridad se convierte en mera ideología), de porte fundamentalista, reprobarán esos testimonios. Pero esa ceguera que sigue enfatizando el odio, la diferencia, en definitiva la superioridad (como hicieron los saduceos y fariseos judíos de su tiempo con Cristo), les impide ver la luz del camino fraterno del encuentro con Dios. Lo que no significa renuncia a las propias creencias, ni transacciones artificiales, sino el reconocimiento que las semillas del Verbo están en los hombres justos de buena voluntad, que trabajen por la paz, la justicia y la fraternidad. Recordemos aquello que dijo Jesús de que el que no está contra nosotros, está con nosotros. Pues todos, de esa manera, todos en mayor o menor medida, con más o menos acierto, laboramos por el anhelado Reino de Dios, que se nos dijo que empezaba aquí en la tierra (reino de paz, de libertad, de justicia, de amor).
En el ámbito propiamente ecuménico de diálogo y encuentro entre cristianos, tuvo particular importancia el encuentro con los ortodoxos, representados por el Patriarca Bartolomé, que mostró una delicadeza, hospitalidad y gran disposición al encuentro, que abre puertas a seguir caminando e esa vía. De igual forma, que en Roma empieza ahora un encuentro ecuménico con Iglesias protestantes, a idéntico fin.
Pero en el terreno civil, el Papa tuvo la valentía de denunciar el muro en Belén, de pedir por el derecho del pueblo palestino (tanto en Jordania, como en el encuentro con el líder de la autoridad palestina, y después ante las máximas autoridades israelíes en Tel Aviv), como también pidió perdón y rezó en el museo del holocausto de Jerusalén, y rezó ante la tumba del líder del sinismo, pidiendo paz, y hablando de paz no en términos de transacciones comerciales (tierra por paz, que era el planteamiento judío ante los palestinos), sino en términos de justicia, para lo cual exhortó al diálogo sincero y profundo entre las partes, y en un gesto valiente que le honra y que le hace ganar autoridad moral en el plano internacional, el Papa Francisco ha ofrecido “su casa en el Vaticano” para un encuentro de oración por la paz entre judíos y palestinos, que ha sido aceptado por ambas partes. Poniendo así, el broche de éxito al viaje de Francisco a Tierra Santa, donde ha mostrado su habitual cercanía a las gentes, rechazando coches blindados –pese a arriesgar su seguridad- y cerrados, promoviendo en todo momento el contacto con la gente, como ese espontáneo detenimiento y oración ante el muro en su entrada a Belén –todo un signo de denuncia de la injusticia-; sin que por el contrario se inclinara por ninguna de las partes en conflicto, sino reconociendo a cada uno su justa reivindicación, y denunciando lo impropio de la situación generada tras años de desencuentro y violencia.

Y finalmente, ha dado un espaldarazo a la menguante comunidad cristiana que subsiste, con grandes dificultades, en la tierra de Jesús, animándoles a continuar en su importante función testimonial, ante la Iglesia y el mundo.

domingo, 27 de abril de 2014

JUAN XXIII Y JUAN PABLO II DOS NUEVOS SANTOS CATÓLICOS


El Papa Francisco, en una multitudinaria ceremonia celebrada en Roma con la asistencia del Papa emérito Benedicto, ha proclamado formalmente santos a sus antecesores los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II.
Así ha venido a cerrar una aspiración de los seguidores de uno y otro Papa, que pedían su respectiva canonización, siendo súbita en el caso de Juan Pablo II, pero que en definitiva viene a engarzar con el sentimiento de gran parte de la feligresía católica de que ambos pontífices son santos, han vivido su existencia como hombres de profunda y manifiesta fe, enfrentándose a multitud de dificultades para ello, pero supieron confiar en Dios y vivir según el Evangelio, en situaciones harto difíciles para ello.
Ambos Pontífices accedieron a la cátedra de Pedro y prestaron un gran servicio a la Iglesia, Juan XXIII desde la sentida y profunda convicción de la celebración de un Concilio que posibilitara una profunda revisión y debate de la fe de la Iglesia y de su modo de vida más acorde con los nuevos tiempos del mundo; y Juan Pablo II supo armonizar ese sentimiento de renovación con el necesario equilibrio de conservación de lo esencial, así como una nueva forma de comunicación del Pontífice con el mundo, que lo aproximó a la gente, acercando el mensaje de la Iglesia al mundo, que lo recorrió incansablemente en una misión permanente en la que convirtió gran parte de su pontificado.
Ambos vivieron la iniquidad de la guerra, de la violencia y la persecución, Roncalli como nuncio apostólico en Bulgaria, Turquía e incluso en París, en donde tuvo ocasión de prestar un encomiable servicio a la paz, facilitando visados a judíos perseguidos, e integrándose en unas sociedades abiertas al espíritu cristiano, facilitando el acercamiento a las realidades mundanas, contribuyendo a esa idea, cuando fue Papa con su famosa Encíclica Pacem in Terris; por su parte Wojtyla –que vivió la invasión nazi de Polonia, y la posterior ocupación comunista- también fue un valiente defensor de los derechos y libertades humanas, en una situación política adversa por regímenes opresivos, con los que supo lidiar la batalla diaria hasta el desmembramiento y caída de ambos regímenes totalitarios, elaborando diversas encíclicas enfatizando el aspecto liberador de la fe de Cristo (Redemptor hominis, Dives in misericordia, Dominum et vivificatem).
Ambos tuvieron sensibilidad por la cuestión social, mostrado en su acción pastoral y su magisterio, pues a la conocida preferencia por los pobres de Juan XXIII y su experiencia pastoral como sacerdote y obispo, hay que reconocer en Juan Pablo II su apoyo al movimiento obrero Solidaridad de Polonia, y sus encíclicas Laborem exercens, Sollicitudo Rei Socialis, y Centesimus Annus –a los cien años de la Rerum Novarum de León XIII-.
Ambos fueron pontífices de especial atención mariana, como lo puso también de manifiesto la encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II. Y en definitiva ambos fueron profundos hombres de Iglesia, aunque con un estilo diferente, pero con gran concordancia de fondo, que también laboraron por el ecumenismo, dando significativos pasos en un terreno tan complicado como vidrioso, para no herir sensibilidades y servir a la Verdad.
Por consiguiente, más allá de las diferencias –que habiéndolas entre ambos Pontífices, no representan una ruptura, una discontinuidad, como se ha pretendido presentar por algunos sectores de opinión, sino una complementariedad desde una diferencia no tan grande-, comprobamos en realidad que hay mucha más concordancia entre ambos pontificados, como no puede ser de otra manera en sendos sucesores de Pedro.

De forma que con este acierto del Papa Francisco, reconociendo la excepcionalidad de las personas de Angelo Roncalli y  de Karol Wojtyla y de sus respectivos pontificados, en la línea eclesial de la santidad, según el sentir común de la feligresía, los haya elevado a los altares como iconos de seguimiento a Jesucristo, referentes de la justicia, la sabiduría prudente y la misericordia que delimitan el camino de seguimiento de Cristo para el encuentro con el Padre. Al tiempo que ha acallado las posibles banderías de seguidores de uno u otro, en lo que han pretendido mostrar, diferente modo de entender y seguir a Cristo, cuando realmente es el mismo, con la peculiar sensibilidad personal de cada uno, como sucede con toda persona.

sábado, 15 de marzo de 2014

LA NOVEDAD DE UN PAPA AUTÉNTICO


Hace un año de la elección del Papa Francisco, y en este tiempo el nuevo Papa mostrado su estilo directo, llano, sincero, evangélico, de auténtico pastor, que trata de restituir la figura del Obispo de Roma –como él mismo se autodenominó- a la de servidor de los siervos de Dios.
Su estilo desenfadado libre, sencillo, ha contagiado a fieles e infieles, y sobre todo no ha dejado indiferentes, pues de igual modo que ha levantado adhesiones, no le faltan los equívocos rechazos del sector eclesial que se cree en posesión de la Verdad Absoluta, y al que los cambios propugnados por Francisco no le hacen la menor gracia, pues ellos se enrocan en la “casta sacerdotal”, mientras que Francisco les habla de que pastoreen a las ovejas, que “huelan a oveja”, expresión que escandalizó algunos de esos castos oídos de presunta piedad poco humana.
Así su predilección por los pobres, por los necesitados, por los enfermos, por los desheredados de la tierra ha estado presente en sus muchas alocuciones, y en sus no pocas expresiones de acogida, amor y respeto por enfermos y desvalidos, así como la famosa denuncia que hizo pública en Lampedusa, tras la trágica muerte de inmigrantes en el mar al intentar alcanzar la costa italiana.
También como olvidar su audacia y valentía en la reforma curial, habiendo denunciado como “lepra” las cordadas de poder e influencia en su interior; y que en la actualidad está acometiendo con decisión, pero con la natural prudencia, y por qué no decirlo, también con la misericordia que caracteriza su obrar y cuya práctica frecuentemente encomienda.
No menos valiente fue la reprobación tajante de la pederastia en el seno de la Iglesia, a la que ha plantado cara abiertamente y de forma radical expulsando a los eclesiásticos implicados en estos sórdidos casos.
Pero sobre todo, su estilo austero –que le llevó a rechazar el uso privado de su noble apartamento, a declinar el coche oficial de alta gama cambiándolo por meros utitilitarios, o haciendo uso del transporte colectivo- ha impuesto en el alto clero un necesario comportamiento de austeridad y coherencia evangélica,  como la de ir con la Curia de ejercicios espirituales en autobús, que ha ido acompañada de lapidarias frases como que él no es de derechas, pero sobre todo cuando recalca que la lucha por la justicia es un valor evangélico y no ideológico.
¡Toda una declaración de principios evangélicos en el orden de la moral social!. En análogo sentido se expresa en su enclícica Evangeli Gaudium con el rechazo expreso a la economía de exclusión e inequidad. Y para concluir, hemos de recordar también la reapertura que el Papa Francisco ha dado a la recepción del Concilio Vaticano II, que había quedado ivernada.





miércoles, 5 de marzo de 2014

TERCERA CONFERENCIA SOBRE EL ESPÍRITU SANTO EN LAS JORNADAS TEOLÓGICAS DEL ITM

   

                  Sor Mary Melone, Decana de la Facultad de Teología de la Universidad Antonianum de Roma ha disertado hoy con el tema de la fórmula del Credo: “Creo en el Espíritu Santo”,  en el que la Dra. Melone tiene amplio conocimiento teológico por sus labores docentes e investigadoras en la Universidad romana.
                Ante un auditorio a rebosar, con ocupación del aforo completo del salón de actos del Instituto Teológico de Murcia, y presentada por el prof. José Manuel Sanchís, teólogo especialista en patrística, la Dra. Melone ha abordado en un castellano casi perfecto la disertación de la conferencia sobre el Espíritu Santo.
                La dificultad de dicha temática, así como el diferente idioma de la ponente, no ha representado gran dificultad dada la demostrada maestría de la misma, al hacer amena y sistemática una difícil exposición sobre la tercera persona de la Trinidad.
                Para ello ha sistematizado su conferencia sobre el siguiente esquema:
-          Una perspectiva histórica: reconstruir a grandes líneas el recorrido largo, complejo y apasionado que ha llevado a la formulación del tercer artículo.
-          Las dimensiones teológicas que el artículo encierra en su interior.
-          Las consecuencias que la profesión de fe en el Espíritu Santo tiene sobre la experiencia cristiana de las comunidades eclesiales.

                Concluyendo con la afirmación de San Basilio para el que profesar nuestra fe en el Espíritu significa reconocer que “por obra del Espíritu se realiza nuestra restitución al paraíso, la subida al reino de los cielos, el retorno a la adopción filial, la libertad de llamar a Dios como nuestro Padre, la comunión con la gracia de Cristo, el llamarse hijos de la luz, en una palabra: estar en la plenitud de la bendición”. (El Espíritu Santo, 36).

                Mañana jueves, cuarta sesión de las Jornadas Teológicas con la participación del prof. Gabriel Richi Alberti, profesor y vicedecano de la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso de Madrid, que tratará sobre el artículo del Credo: "Creo en la Iglesia", que se celebrará en el salón de actos del ITM a las 19 horas.
      

domingo, 23 de febrero de 2014

EL PAPA FRANCISCO SIGUE MARCANDO EL RUMBO DE UNA IGLESIA MÁS EVANGÉLICA


Desde el acceso a la cátedra de Pedro del Cardenal Bergoglio, como Francisco, este ha marcado un rumbo claro, directo, valiente, coherente y prudente a la Iglesia Católica, que tras la muerte de Juan Pablo II, considerado por muchos eclesiásticos como Magno, y la extraña dimisión de Benedicto XVI en medio de escándalos y luchas curiales intestinas, ha traído un poco de aire fresco, de renovación y limpieza a una Iglesia que empezaba a esclerotizarse en la trinchera del miedo y del doctrinarismo pietista.
Así, a sus conocidas frases de que los pastores han de oler a oveja, o que los obispos han de alejarse de la idea del “obispo de aeropuerto” pastoreando sus diócesis, o que él mismo nunca ha sido de derechas,  cabría añadir también la última dicha por el nuevo Pontífice que ha advertido a los cardenales que no se incorporan a un Corte sino a la Iglesia, en la alusión a que eran considerados “príncipes de la Iglesia”, y para Francisco nada de eso resulta correcto ni adecuado con el Evangelio de Cristo, pues han de ser los servidores de la Iglesia de Cristo, ponerlo en práctica y ser coherentes con ello.
Siendo así que Francisco sigue marcando el rumbo de la Iglesia, de forma más coherente al espíritu evangélico, y al propio Concilio Vaticano II, que esperamos que con este Papa se dé la auténtica recepción del Concilio que quedó pendiente de llevarse a plenitud en los pontificados que le precedieron.
Pero en esto, el Papa obra con gran prudencia para evitar confrontaciones escandalosas entre las tendencias latentes en el seno eclesial que divide, desde el mismo Concilio Vaticano II, a los eclesiásticos, e incluso algunos movimientos laicos, entre conservadores y progresistas, según el carácter más o menos dogmático y doctrinario de los planteamientos que se defiendan, lo que lleva a una diferente comprensión eclesial, e incluso de vivencia de la fe, que podría dar lugar a una nueva reflexión conciliar; si bien, consideramos que en el momento actual no resulta tan urgente, pues lo lógico y apremiante sería desarrollar todo lo convenido en el Concilio Vaticano II. Sin perjuicio de reflexionar sobre la adaptación de temas morales a los nuevos tiempos, y con ellos alguna cuestión eclesial. Algo, que ya ha apuntado el Papa según las propuestas del cardenal Kasper de admitir a la comunión a los divorciados casados civilmente, que supone un importante avance en la caridad y gesto misericordioso de la comunidad eclesial hacia algunos de sus hermanos en estas circunstancias.
Sin embargo, la Iglesia como toda gran organización conforma una estructura que la articula y condiciona, cuyo aligeramiento para aliviar su condicionamiento sobre la misma Iglesia, tiene en estudio el Papa Francisco, encomendado a una serie de expertos.
No obstante, se aprecian críticas de distintos sectores de la Iglesia y extraeclesiales, sobre la acción de Francisco, por un lado, los más conservadores que lo critican por su aperturismo y su diáfano lenguaje de apercibimiento pastoral que lleva implícito una denuncia profética, que no acaban de ver (embebidos en una Iglesia medieval tridentina fosilizada en prácticas meramente pietistas y planteamientos dogmáticos); frente a estos, los más avanzados que creen que Francisco no avanza abiertamente, según obligan las necesidades de apertura, que va lento, y aún calla no pocas cosas. Estos guiados por un planteamiento activista y netamente humanista, acaso se apartan de la necesaria piedad que ha de mantener la Iglesia, para no caer en la trampa de evolucionar hacia una ONG, que Francisco también niega con razón y rotundidad.
Y por lo que respecta a los críticos extraeclesiales, que aducen que nunca un Papa hará cambios sustanciales, por ser producto de la propia estructura eclesial, no contemplan con razón histórica los grandes papas reformadores, que los ha habido en la Iglesia, de los que Francisco aparenta ser uno de ellos, traído por la acción del Espíritu para guiar su Iglesia en un ambiente cultural de gran apostasía o increencia generalizada, con la que también tiene que batallar la Iglesia de hoy, que por otra parte no es extraño a los propios textos y profecías del Nuevo Testamento.
A todos, habría que pedirles paciencia desde la fe, y/o prudencia, pues, hoy por hoy Francisco no se ha apartado del sendero de Jesús, sino que por el contrario está tratando de reconducir a su Iglesia a ese sendero, mediante actitudes y gestos de austeridad, pobreza, sinceridad, coherencia, y sobre todo mucha paciencia para poder ejercer la misericordia en la Iglesia y en el mundo, la que tiene Dios con toda la creación –obra de sus manos, que se ha ido desvirtuando por la acción pecaminosa del hombre, como venimos constatando en el curso de la historia, tanto en la Iglesia como fuera de ella, en el mundo en general-.

Por consiguiente, escuchemos y obedezcamos los consejos de este providencial Papa. No por casualidad elegido en esta difícil etapa de la Iglesia y del mundo, donde todo cambia a una velocidad de vértigo, y casi todo se precipita, sin que apenas subsistan seguridades temporales, ante un futuro incierto para el mundo, en el que los cristianos hemos de ser luz para iluminar la oscuridad del túnel en que nos tiene sumidos la vida, y fermento para animar a las realidades temporales hacia la convergencia del proyecto de Dios, la venida definitiva de su Reino en el mundo (reino de paz, de justicia, de igualdad, de fraternidad). Tal es nuestra fe.