La celebración de la Semana Santa, con la
proliferación de procesiones por las calles españolas, algunas de las cuales
reflejan imágenes de multitud de penitentes que acompañan las imágenes
religiosas de la Pasión y Muerte de Jesús nos debe de llevar a reflexionar
sobre la penitencia y su sentido en el marco del Evangelio de Jesús.
En ese
marco evangélico nos encontramos con la figura humana de Jesús que predicó las
bienaventuranzas (a modo de resumen de las actitudes evangélicas de conversión
y fe), perdonó los pecados, admitió a su lado a publicanos y pecadores, incluso
comía con ellos, humanizó las leyes religiosas de un judaísmo normativo
asfixiante en su ritualismo y normatividad que deshumanizado no contemplaba el
factor humano, que Jesús lo respetó y justificó. Pasó haciendo el bien,
proclamando el amor de Dios a los hombres, para propiciar el amor fraterno
–consecuente con el amor y el perdón de Dios a los hombres- mostrándonos el
rostro misericordioso de Dios (frente al que se había presentado de “justo juez
implacable con el pecador”), y sobre todo trató de aliviar el dolor a aquellas
personas que lo padecían (enfermedad, hambre, injusticia, etc.), hablándonos
constantemente de su proyecto de implantación del “Reino de Dios” (reino de
amor, de justicia, paz y fraternidad, en el que no cabía la injusticia y ningún
género de violencia).
En ese
marco de predicación evangélica se nos presenta la Misericordia de Dios, su
perdón y su inmenso amor a los hombres. Amor de Padre que se compadece del
extravío de sus hijos y que quiere lo mejor para ellos.
Consecuentemente,
en ese marco evangélico parece que tiene mal encaje la idea de un Dios
justiciero y sanguinario, que exige justicia, que resulta implacable con el
pecador, al que le correspondería la práctica de duras penitencias –que jamás
saldarían su culpa moral, de la que se habría derivado el sacrificio vicarial
del Hijo de Dios, para obtener del Padre una especie de satisfacción del que se
derivara el perdón general, según el planteamiento paulino, que tiene sus
antecedentes bíblicos en la prueba sacrificial de Abraham sobre su hijo Isaac,
salvado in extremis por la propia voluntad divina-, y que han marcado la predicación y praxis
eclesial desde Trento hasta su reformulación en el Concilio Vaticano II, si
bien no acaba de llegar a todos los sectores eclesiales, por lo que sería
oportuno ese ejercicio de “repensar la penitencia” en el ámbito de la nueva
teología cristiana, que apunta más a una autenticidad de conversión en una
praxis de vida coherente con la fe (con el mandato del “amor fraterno”, con la
práctica de la misericordia previamente experimentada para su ulterior vivencia
con los demás) de forma que hagamos la experiencia de fe auténticamente
comunitaria en el seno de nuestras respectivas comunidades parroquiales y en
nuestro entorno familiar, laboral y social en general, desde el respeto al otro
en sus peculiaridades, así como desde la ayuda al prójimo necesitado, donde
nada de lo humano nos resulte ajeno y contribuyamos con nuestro trabajo y labor
cotidiana a la implantación del Reino de Dios entre los hombres, del que tanto
nos habló Jesucristo y que sin embargo acabamos dejándolo de lado, priorizando
un ritualismo rutinario, una praxis de fe individualista (e incluso egoísta, de
negociar con Dios nuestros deseos y necesidades) y un dogmatismo canónico
impropio de la misma enseñanza de Jesús, que vino a enturbiar la imagen de un
Dios Padre Misericordioso, que la Iglesia está tratando de recuperar y
enfatizar para iluminar mejor el misterio de nuestra fe cristiana.
Por lo
cual, acaso sería oportuno reflexionar para reformar –en lo necesario- ciertas
prácticas piadosas, que no son del todo conformes con el propio relato
evangélico y la misma predicación de Jesús a quien decimos seguir en su
Iglesia.
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